Libros leídos en 2016

*Más vale tarde que nunca, dicen.

Libros leídos en 2016

Me disculpo de antemano por las etiquetas que voy a aplicar a algunos de los títulos listados; ya sabéis, solo se trata de mi opinión personal. No comentaré todos, algunos por ser demasiados conocidos, y otros a saber porqué.

De enero a junio:

Sala número seis, de Antón Chéjov. Regusto amargo se me quedó al terminar esta pequeña novela -o relato largo-. Ahora, eso sí, está muy bien escrito.

Cuentos taoistas. Bellísimo.

American Goods, de Neil Gaiman. Te quiero, Gaiman.

Pregúntale al polvo, de John Fante. Brutal.

La máquina del tiempo, de Herbert George Wells.

Se busca una mujer, de Charles Bukowski.

Amanecer, de José Antonio Cotrina. Un relato que deja huella. De lo mejor que he leído a nivel nacional.

HicSunt Dracones, de Tim Pratt. Con este libro Pratt se convirtió en uno de mis autores favoritos (de este género), así que me recorrí la web en busca de posibles relatos en español por leer. Necesito más.

Cartero, de Charles Bukowski.

Cuentos para Argelnon III. Sigue leyendo

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Ahora estamos en paz (poema)

Ahora estamos en paz

―¡Señor, señor,

tenemos una emergencia!

―¡Cojones que susto!

¿Qué emergencia es esa?

―Pues verá, señor…

Se trata de un muerto,

que intenta

salir

de la tumba.

―Joder, ¿está intentando salir?

―Bueno, no estoy seguro del todo,

lo que sí hace es dar

buenos

sustos

al personal.

―¿Y cómo es eso?

―Pues verá:

cada par de días

al alba,

en la tumba en cuestión,

aparece la tierra

de la superficie

removida.

―¿Y?

―Y, que algunos hombres

aseguran haberlo visto.

Al parecer, saca un brazo

y empieza a agitarlo

de forma amenazante,

incluso asoma

a veces

la calavera.

―Y ¿dice algo?

―Sí… parece que grita,

o más bien gimotea.

―Y ¿qué es lo que dice?

―Pues…

―¿Sí? Habla, habla

hombre.

―Dice… «hijoputa», señor.

Bueno,

eso afirman los hombres,

yo no he sido testigo, como sabe.

―¿«Hijoputa»,

así, todo junto?

―Sí, pero lo hace con

un deje. Algo así:

«hijoopuuutaaa, hijoopuuutaaa».

―Vale, vale. Ya lo entiendo.

Y ya sé de quien se trata, además.

―¿Qué hacemos,

señor? ¿Qué recomienda?

―Bien, esto haréis:

buscad una bodega,

la más sucia que encontréis,

y haced que un hombre lleve

una botella de cristal vacía, y allí,

que se la rellenen

del vino más pobre y triste

que tengan,

bien avinagrado.

Este hombre

ha de llevar el vino a la tumba

y verterlo en

la tierra removida. Luego,

que le prenda fuego.

―¿Qué le prenda fuego, señor?

―Sí,

todo debe hacerse así,

tal como indico;

no debe de haber margen de error,

y así

el muerto quedará calmado,

al menos

durante un tiempo.

―¿Y hasta cuándo cree usted, señor?

―Hasta que él publique un nuevo libro,

me temo.