(Relato) Descuida, ya me ocupo yo

Bueno, ya estoy aquí de nuevo. Después de haber leído esta mañana un par de artículos de Gabriella, he decidido que ya es hora de publicar en mi blog. En esta ocasión voy a compartir con vosotros el relato Descuida, ya me ocupo yo. Relato que podréis encontrar también en mi primer librito: Fragmentos de Frank. Y lo hago por una razón específica: hace unos días hablé con una persona que había tenido el detalle de leerse Fragmentos de Frank y, después de asegurarme que le había gustado mucho el libro en general  (últimamente al que menos le gusta es a mí*), me hizo una pequeña confesión:

-Hay un relato que me ha gustado especialmente.

-Ah, ¿sí? ¿Cuál? -La emoción me recorría todo el cuerpo.

-Ese en el que el protagonista se mete en la mente de una chica para solucionar su grave problema.

-¿’Descuida, ya me ocupo yo’?

Ella quedó un momento pensativa, con los ojos mirando hacia arriba.

-Sí, ese. Terminé tu libro hace semanas y todavía lo tengo en la cabeza. Creo que no lo voy a olvidar en la vida.

 

Son estos momentos tan especiales los que me animan a seguir escribiendo. Muchas gracias, mi querida lectora anónima.

 

Descuida, ya me ocupo yo

 

Viernes, una de la tarde.

 

Me llamo Amanda, pero no soy Amanda. Entiendo que puede resultar confuso, pero tranquilo, prometo contártelo pronto. Tendrás que tener un poco de paciencia.

 

Recorriendo las calles de Valencia con paso firme, me dirigí de camino a mi cita. Llevaba tres días y todavía no me había acostumbrado a los malditos tacones. Andar era doloroso, pero lo peor llegaba al acabar el día: terminaba con la espalda y los pies destrozados. Y no estoy exagerando.

Casualidades de la vida: la semana pasada hablamos de ello una amiga y yo. Ella regenta una heladería-cafetería en Valencia, donde acostumbro a leer por las tardes, cuando el trabajo me lo permite. Cada vez que tiene un momento, mi amiga se sienta con algún cliente a entablar una conversación filosófica. Bueno, eso conmigo; con los demás no sé muy bien de lo que habla.

No recuerdo cómo salió el tema, pero empezó a contarme cómo sobrellevaban las mujeres el problema de los tacones:

―Cuando somos jóvenes ―me decía―, los llevamos aunque reventemos. Llevar tacones hace que nos sintamos más sexis, y eso es algo que nos gusta a todas, o a casi todas. Luego, conforme nos hacemos mayores, nos hacemos más cómodas o, mejor dicho, más prácticas al respecto, así que empezamos a ensanchar la horma de los zapatos y a utilizar cuñas de todo tipo, hasta que al final muchas acabamos usando zapatillas deportivas.

No sé cómo pueden vivir así las mujeres, de verdad. Pero bueno, aunque los tacones son para mí una seria desventaja a la hora de ser Amanda, también hay otros, y muchos, beneficios. Como, por ejemplo, vestirme cada día con su ropa y observar en primera persona las curvas de su cuerpo. Sí, es algo impagable. Lástima que en unos pocos días no volveremos a vernos nunca más. No me malinterpretes, mi código moral me impide aprovecharme de la situación, pero soy hombre y tengo ojos.

Entré por la calle de la Paz a la Plaza Redonda de Valencia. Había quedado allí con la expareja de Amanda. Me senté en la terraza de una de las tabernas, emplazadas en los túneles que sirven de entrada y salida a la plaza. El mobiliario era de madera y las mesas estaban cubiertas de manteles de papel de color rojo. Un par de macetas con plantas pequeñas ayudaban a decorar la estancia. Había poca gente en las calles; se notaba que casi estábamos en diciembre. A pocos metros, en la misma Redonda, un grupo de estudiantes (o eso parecían) manipulaban equipos de vídeo y rodaje. Parecían estar rondando una escena de una serie o película: el cámara y su ayudante daban instrucciones a una joven guapa, alta y morena, que fingía estar manteniendo una conversación por el móvil; mientras, otra chica sujetaba un micrófono por encima de su cabeza. Iban de aquí para allá, repitiendo la misma escena, y varios curiosos se paraban para ver tan insólito acontecimiento.

Dav no tardó en llegar. Iba trajeado, con la camisa por fuera. Tenía la mirada inquieta y desprendía nerviosismo. Seguramente tenía un plan para que yo ―quiero decir Amanda― volviera con él. Pero tanto ella como yo lo conocíamos bien.

―Hola, Amanda ―dijo, nada más sentarse, sin ocultar su ansiedad―. Estás muy guapa.

―Déjate de gilipolleces, Dav. ¿Para qué querías verme?

Se sorprendió y echó la cabeza hacia atrás; no estaba acostumbrado a que ella le hablara con ese tono.

―Solo quería charlar ―respondió al fin―. Saber cómo estás.

―Pues mira: ahora que me he deshecho de ti, mucho mejor, gracias.

Su rostro empezó a endurecerse.

―No hace falta que nos faltemos al respeto, Amanda. He venido a disculparme y a pedirte que vuelvas conmigo.

Me reí con energía y terminé con una gran mueca. Luego lo miré con todo el desprecio que pude y le eché el humo a la cara.

―Amanda ―Dav tomó aire antes de continuar―, estoy teniendo mucha paciencia contigo… ―Y por fin su verdadero yo salió a flote.

―¿Y qué vas a hacer? ―lo interrumpí―. ¿Vas a intentar pegarme de nuevo?

―Yo… ―Bajó la cabeza y la voz―. Te juro que no volverá a ocurrir.

―Eso ya te lo he oído decir antes.

―Esta vez es de verdad.

―¿Sabes qué? ―Hice una breve pausa―. Creo que eres un hijo de puta de mucho cuidado, Dav, además de que pareces tener cierto retraso mental.

Dav se levantó de un salto. Tenía ambos puños cerrados.

―¡¿Cómo puedes hablarme así?!―vociferó, con la cara roja y la expresión desfigurada―. ¿Acaso nunca has cometido un error?

―¿Error, dices? Sí, he cometido muchos, pero intento aprender de ellos. Tú llevas unos cuantos acumulados contra mi persona. ―Noté que me estaba dejando arrastrar por las emociones de Amanda. Tuve que esforzarme para permanecer sentado.

―Ya te he pedido disculpas muchas veces.

―Me la traen floja tus disculpas.

―A mí no me hables así. ―En este punto no pudo continuar y se quedó bloqueado, rígido y estático.

Permanecí un rato en silencio, observándolo. Él me miraba nervioso, sin saber muy bien qué hacer. Dejé que se tranquilizara, hasta que se sentó de nuevo. Retomé la conversación:

―Vaya, mira quien acaba de llegar ―dije. Dav se volvió para mirar hacia la puerta. Entonces me levanté con rapidez y agarré una silla. Para cuando se giró de nuevo hacia mí, la silla se dirigía, imparable, hacia su cabeza. Lo golpeé con ella todo lo fuerte que me permitió Amanda. Gritó como una rata mientras caía al suelo, y una vez allí empezó a rodar y a gimotear con las manos en la cabeza.

―¡Estás loca, joder! ―gritó, mientras seguía quejándose del dolor.

Me coloqué a horcajadas sobre él.

―Mírame ―le dije, mientras le propinaba unas buenas tortas en la cabeza. En cuanto me obedeció le di un par de puñetazos en la nariz.

―¡Socorro! ―Fue todo lo que acertó a decir. Intentó escabullirse, pero no se lo permití.

―Calla y escucha, cabronazo. ―Sonreí con satisfacción al comprobar que le sangraba la nariz.

Me miró asustado; justo lo que yo estaba buscando.

―Esto es lo que va a pasar a partir de ahora: si vuelves a acosarme, si intentas levantarme la mano de nuevo, si tan siquiera te atreves a cruzarte conmigo en la calle, te mato. ¿Ha quedado claro?

―¿Pero qué dices?

Le di un puñetazo, mucho más fuerte esta vez. Me pareció que algo crujía.

―Te lo pregunto de nuevo: ¿ha quedado claro, sí o no? ―Mientras hablaba, noté como Amanda apretaba la mandíbula hasta sentir dolor.

Con la mirada asustada, Dav asintió varias veces con la cabeza. Al levantarme pude ver que todo el local estaba de pie, mirándonos. Le di una patada en las costillas y me coloqué bien el vestido. Él no se atrevió a levantarse. Una mujer mayor se tapó la boca con evidente asombro. Y pude escuchar como un niño le preguntaba a su madre: «¿Qué le pasa a esa señora, mami?».

Salí del local con una amplia sonrisa y me contagié de la felicidad de Amanda. Le dediqué un «hasta luego» al camarero, que me miraba con la boca abierta y la bandeja apretada contra su pecho. Los tacones ya no me dolían tanto.

 

 

Domingo, once de la noche.

 

Amanda y yo dimos un pequeño paseo por el centro, cerca del ayuntamiento. Un coche aminoró para echarnos un par de piropos. Esta vez llevaba puestos unos vaqueros ajustados y una blusa; en los pies, para mi fortuna, unas zapatillas deportivas. Noté como la consciencia de Amanda empezaba a agitarse; intuía hacia dónde nos dirigíamos.

Creo que a estas alturas ya te puedo contar de qué va todo esto: ahora mismo resido, por llamarlo de algún modo, en el cuerpo de Amanda. Y ella, aunque puede sentir, intuir, e incluso influir en mí, se encuentra en un estado parecido al sueño, que no sabría identificar. A eso es a lo que me dedico: tomo prestado el cuerpo de alguien, su persona, mientras soluciono algo que le viene grande, algo que se siente incapaz de afrontar por sí mismo. Resuelvo cosas, cosas que, desde el punto de vista del cliente, no parecen tener solución. Solo acepto trabajos de extrema necesidad, y como mucho ocupo el cuerpo durante diez días; esas son mis dos reglas fundamentales. Aunque no garantizo resultados, mis intervenciones tienen un porcentaje alto de éxito. Me gusta pensar que no voy a dejar las cosas peor de lo que estaban. Y lo que es seguro es que el cliente, como mínimo, va a aprender algo útil. Contactar conmigo no es fácil; soy yo, una vez que sabes de mí, el que decide contactarte. Tiene gracia: muy poca gente sabe de mi existencia, de mi método, pero en internet están empezando a circular rumores, en forma de mito.

Como decía, Amanda presintió mi siguiente movimiento. Me dirigí a un bar donde seguramente estaría Dav. Pensaba que con nuestro encuentro en la cafetería sería suficiente, pero quería asegurarme de que había captado el mensaje.

Entré en la cafetería y allí estaba, en la barra. Me senté a su lado y se quedó petrificado, incapaz de moverse. Tenía la nariz vendada y ojeras moradas. Si hubiera podido, creo que habría salido corriendo. Todo iba según lo planeado, entonces.

―¿Qué le pongo, señorita?

―Un tequila doble. Paga él.

Dav hizo un gesto afirmativo con la cabeza. El camarero nos miró, intuyendo que debía dejarnos solos.

―No te he molestado, como me pediste ―me dijo.

―Lo sé. Solo quería recordarte nuestro pequeño pacto.

―¿Pacto? ―preguntó en voz baja.

―Sí: tú no me molestas y yo no intento matarte. ―Vi como bajaba su gaznate.

―Aquí tiene ―me dijo el camarero, y volvió a sus quehaceres.

Apuré el tequila de un trago y me levanté. Dav dio un suave respingo. Me acerqué despacio a su oreja y le susurré:

―Te estaré vigilando. Más te vale recordarlo. ―Él asintió, con los ojos muy abiertos; yo me dirigí hacia la salida.

 

Amanda y yo fuimos directamente a su casa. Entramos y nos sentamos en el borde de su cama.

―Creo que mi trabajo ha terminado, Amanda ―le dije, mientras notaba como su consciencia despertaba poco a poco―. Estoy seguro de que no volverá a acercarse a ti. Ha sido un placer ayudarte. Adiós, Amanda.

Ella miró al vacío con los ojos temblorosos. Se los tapó con las manos; las lágrimas fluyeron libres e incontenibles por su rostro. Yo ya casi había desaparecido.

―Gracias ―me dijo mientras lloraba, con una sensación de pura libertad.

 

 *Parece ser que muchos escritores acaban odiando su último libro publicado, mientras piensan que el siguiente será la obra maestra de su vida. Estamos condenados.

Si gustas, también te lo puedes descargar en pdf: Descuida, ya me ocupo yo

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s