(Relato) Venganza

*Mi especial agradecimiento a Lu Hoyos de Valencia Escribe por la ayuda en la corrección de este pequeño relato. Espero que os guste.

 

Venganza

 

Como casi todas las tardes, mis dos hermanas y yo miramos atontados la pequeña televisión. Observo sus caritas y me asombro de la capacidad que tienen, al menos de forma aparente, de olvidar o de abstraerse. Es como si desconectaran. Yo, en cambio, hace ya rato que no paro quieto en la silla. Como si me sujetara a ella, tengo las manos debajo de los muslos, aferrándome a sus bordes. Me duele el trasero y miro una y otra vez la puerta que da a la calle. Son las seis de la tarde y creo que él ya no tardará en volver del bar. En mi caso, ser el primogénito no tiene ninguna ventaja, todo lo contrario. A veces me avergüenzo de tener envidia de mis dos hermanas, pero yo soy el que siempre se lleva la peor parte. Aun así, soy su hermano mayor y he de protegerlas.

Ellas siguen viendo los dibujos animados mientras yo doy golpecitos en el suelo con los pies, y a veces me mordisqueo las uñas. Entonces me acuerdo de lo mal que pasé la noche. Volví a rezar antes de dormir, aunque ya hace tiempo que no lo hago a Dios; ahora le pido al Demonio. Al primero le pedía la salvación, le imploré hasta la saciedad, incluso vertí muchas lágrimas sinceras sin ningún resultado; al Demonio le prometí mi alma a cambio de que acabara con él, pero ni con esas parece tampoco aceptar. Una de dos, o ambos hacen oídos sordos, o simplemente no existen. Salgo de mi letargo al ver como una de mis hermanas me sonríe, y me obligo a dibujar una sonrisa en mi rostro. La televisión atrae de nuevo su atención y yo vuelvo a mirar la puerta. Suena el timbre y doy un salto. Ahora mis hermanas me miran con los ojos muy abiertos. Han vuelto a nuestro mundo real. No puede ser padre, él siempre lleva llaves, pienso para tranquilizarme. Bajo un poco el volumen de la televisión y voy hacia la puerta.

—¿Quién es? —pregunto con voz temblorosa.

—El cartero —respiro y resoplo aliviado mientras destenso los hombros.

Abro la puerta y el hombre me muestra una postal.

—Hola, buenas tardes.

—Buenas tardes. Firme aquí, por favor —me dice sin apenas mirarme. Me entrega la postal, junto a un recibo y un boli.

Termino de firmar y levanto la vista. El cartero ya no está.

—¿Pero qué…?

La postal está en blanco. Le doy la vuelta dos veces pero no tiene nada escrito. Cierro la puerta un poco aturdido y me giro hacia mis hermanas.

—¡Qué raro…! –empiezo a decir mirando todavía la postal.

Abro la boca para intentar hablar, pero ya no puedo articular palabra. El cartero está con ellas. Los tres de pie con los ojos en blanco, portando cuchillos de la cocina. Mi cuerpo entero tiembla cuando todos ellos dicen al unísono: «No temas, hermano. Esperaremos juntos a padre». En la postal aparecen unas palabras: “Acepto tu oferta.” Firmado, D.

Parece que, después de todo, no carece de valor mi alma.

 

Anuncios