UN DÍA PARA CUIDARSE (borrador)

UN DÍA PARA CUIDARSE

 

            Hoy es lunes por la mañana, y en este preciso momento estoy en la mesa de una de mis cafeterías favoritas para escribir. Veo y oigo cómo se acerca una pareja mayor, de unos cincuenta años, con su perro cocker jadeante, de color negro cosmos. Jadea tan fuerte que parece que se le va a escapar algo por la boca, y sin embargo no tiene mala cara. La cafetería está en la orilla del parque, de tal manera que las mesas ya están dentro de este. Los árboles, frondosos y altos, dejan que el sol ilumine buena parte de la terraza. Así, uno puede elegir entre sentarse a la sombra, o tostarse lentamente. Yo siempre elijo la segunda opción. Hace unos días ha empezado la primavera y soy un animal que se alimenta del calor. La pareja ha elegido una mesa de las soleadas y, mientras se sientan, ella conversa con el perro: «Siéntate. Siéntate anda. ¿Ves cómo estás? Ya no puedes más. Anda, quédate ahí quieto». El perro le hace caso y poco a poco deja de jadear mientras la camarera se acerca con mi capuchino descafeinado:

            ―Mira: te he dibujado un corazón. ¿A que me ha quedado bonito? Ahora te traigo las tostadas ―me dice riendo.

            ―Muchas gracias ―le contesto mientras le sonrío.

            Se va para adentro y yo miró con una sonrisa mi capuchino. Cojo la taza y me la acerco a la nariz. Me gusta cómo huele y eso que yo no soy muy aficionado al café. Mi relación con esta infusión es más bien reciente. La empecé por mi eterna busca de algo que me dé un pico extra de energía. Creo que lo he probado todo dentro del marco legal: la Coca-Cola me hincha el vientre, así que la tomo solo de vez en cuando; el té, aunque se ha convertido en una de mis pasiones, no termina de conseguirlo; y el café, es lo que mejor me va, pero lo suelo tomar descafeinado ya que sospecho que me produce pequeñas taquicardias.

            La taza está muy caliente, en contraste con lo helada que está la espuma de leche de la superficie. Saboreo el sabor dulzón del corazón de chocolate y noto como poco a poco me llega el amargor del café. Me relamo mientras espero que haga un poquito más de calor. Desde que me he sentado he estornudado unas veinticinco veces, y ya no me quedan clínex. Así que empiezo a usar servilletas. Cada vez que me sueno con una vigilo que no me esté mirando nadie.

            No me había fijado en la cantidad de gente que cruza la terraza paseando a sus mascotas. Me río mientras recuerdo a la mujer de la semana pasada: de unos cuarenta y pico años, rubia, con los pelos a lo loco, un poco rellenita, vestida con un chándal fucsia, y acompañada por un perro que me llegaría a mí a las axilas. Cogió por banda a la camarera de la cafetería contigua y empezó a dictarle. Era tremenda hablando, tanto, que entré rápidamente en la cafetería y pedí un boli a la camarera. Llené un ticket del súper entero:

―Hola, nena. ¿Cómo vas? He venido a enseñarte a mi nuevo perro. Mira por lo que hemos cambiado al perro ratonero: por un pastor alemán. Con la de años que teníamos ya al otro. Deja de olerla, tú. ¡Oye…!

― ¿Sabes lo que pasa? Es que tengo una perrita en celo.

―Anda, mira qué listo. Pues será eso. ¿Cómo te va, nena?

―Bien…

― ¡Qué suerte! Yo estoy ahora de líos con mi suegra, que no le gusta el perro, dice. Desde que se ha venido a vivir a casa no pasa un solo día sin dar el tostón. Pero oye, ¿por qué no hacemos un día una paella y hablamos con más tiempo?

―Claro…

―Nena, que sí, que podríamos hacerlo pronto. Para, tú. Mira que estás nervioso hoy. ¿Y tu hija, sigue trabajando? A la mía le han ampliado el turno, como se quiere comprar un coche. Desde las navidades está la pobre con ganas. Hoy entra a las tres, ¿sabes? ¿Y qué me han dicho, que tu chiquilla va con alguien? La mía sigue ahí con el mismo novio, y anda que no tiene peligro… Bueno, chica, que me voy. Que voy justa de tiempo. Hablamos otro día si te parece.

            No pude apuntar ni la mitad de la conversación… El olor a las tostadas encima de la mesa me trajo de vuelta al presente.

―Tus tostadas con mantequilla ―me anunció la camarera alegremente.

― ¡Muchas gracias!

Que calorcito más bueno  me está regalando ahora el sol. He parado de moquear y ya no tengo frío. Parece que el mundo va ahora un poco más despacio. Cierro los ojos, levanto un poco la cabeza y sonrío de nuevo.

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4 pensamientos en “UN DÍA PARA CUIDARSE (borrador)

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