CON DIOS PISÁNDOME LOS TALONES (borrador)

CON DIOS PISÁNDOME LOS TALONES

 

-“Ciudadano 05072701NL preséntese en el puesto de seguridad más cercano por favor.”

-¡Mierda! ¿Tenía que ser justamente hoy?

-“Ciudadano 05072701NL preséntese en el puesto de seguridad más cercano por favor.”

-“Ciudadano 05072701NL preséntese en el puesto de seguridad más cercano por favor.”

-Hijos de puta, no se van a callar nunca.

No tenía otra opción, así que me metí por una de las antiguas bocas del metro ahora ya abandonadas. Eso, o en menos de media hora seguro que daban conmigo. No obstante, no era la primera vez que lo hacía, y por eso mismo sabía que no era muy buena idea. La última vez que me metí en la ruta del metro me las tuve que ver con un par de indigentes infectados con el mal de Ikaruso, mal que se contagia casi solo con mirarse. Iban armados con cuchillos e intentaron robarme, así que tuve que reducirlos a golpes. Después de aquel incidente estuve dos semanas en vilo. Dos semanas cagado de miedo porque es el tiempo medio que suele tardar en aflorar los síntomas de esta nueva y extraña enfermedad. Y lo malo del asunto es que si pides ayuda médica te hacen tal y como lo llaman ellos “una inspección completa de seguridad”; algo nada recomendable ya que te requisan todas las pertenencias personales que ellos piensen que son sospechosas, el hogar te lo ponen pastas arriba, y por último pasas una bonita cuarentena en compañía de otros que posiblemente sí que estén contagiados. Es por eso que nadie busca ayuda médica cuando se trata del Ikaruso.

Aparté unos cuantos tablones de madera viejos de la entrada y pasé por debajo del cartel de seguridad. El cartel tenía escrito un mensaje en letras llamativas, rojas y de un tamaño considerable:

“PELIGRO. NO PASE, CIUDADANO.
HAGA CASO OMISO Y PREPÁRESE PARA LAS CONSECUENCIAS.”

Sí, no se andaban con sutilezas. Empecé a andar y apreté enseguida el paso. No estaba bien abrigado para aquel paseo de más de una hora. La siguiente salida por la que podría salir sin ser visto daba a las afueras de la ciudad. Solo tendría que desaparecer unos cuantos días hasta que las aguas se calmasen un poco.

Intenté mirar el reloj lo menos posible para no desesperarme. Joder, cada vez hacía más frío. De vez en cuando me cruzaba con alguna rata del tamaño de un gato, menos mal que pasaban de mí. Después de casi una hora y media de camino vi mi próxima parada. Por fin llegué a la salida. Estaba cansado; ya no estaba tan en forma como antaño. Aparté unas cuantas cajas de cartón, sorteé pedruscos y maderos y subí lentamente pero sin pausa las escaleras hasta la superficie. Fuera ya era casi de noche y soplaba algo de viento.

-Hola, Adán –escuché nada más salir.

-Mierda -se me escapó mientras cerraba los ojos.

-Ya sabes que no puedes escapar de nosotros, Adán. -por el rabillo del ojo puede ver que una sombra se hacía persona; era Gabriel.

-Así que sois vosotros los que me andabais buscando…

-Sí -me dijo sonriendo-, el jefe quiere verte. Vamos, sube al “Gancho”.

El “Gancho” era el antiguo vehículo de Gabriel, de los pocos que quedaban que funcionaban todavía por electricidad; el tío era un romántico. El “Gancho” debía su apodo al gran parecido que guardaba con los agarres de las máquinas-grúas de los desguaces.

-¿Y si me niego? -la respuesta no se hizo esperar: noté un fuerte golpe en la nuca y perdí el conocimiento.

Cuando desperté estaba en el asiento de atrás y tenía un buen dolor de cabeza. Vi sentado junto a mí a un tío muy grande, trajeado y con aire de pocos amigos; delante, en el asiento del copiloto, estaba Gabriel; y conduciendo, otro matón que podría pasar por el hermano gemelo de mi compañero de asiento.

-Ya hemos llegado -dijo Gabriel sin girarse.

Allí estábamos: el edificio central de Gobierno; el Jefe y sus amigos habían llegado muy lejos en pocos años. Entramos en él y nos metimos en uno de los ascensores. El ascensorista nos dio las buenas noches sin mirarnos directamente.

-A la planta 42 -le ordenó Gabriel.

-He oído en las noticias que mañana hará un sol estupendo, chicos -dije sonriendo mientras el ascensor subía, y nadie se movió un solo milímetro: Gabriel enfrente de las puertas del ascensor junto al ascensorista con cara de acojonado, y los gemelos que parecían golems de piedra rodeándome.

Sonó el “dinc” y las puertas del ascensor se abrieron. Salimos todos menos el ascensorista que se despidió dándonos de nuevo las buenas noches, esta vez por lo bajini. Entramos en un enorme despacho y allí estaba Él esperándonos.

-Cuánto tiempo, Adán. Me alegro mucho de verte.

-Hola, Jefe –respondí sin demasiado entusiasmo.

-Dime, ¿cómo te van las cosas por allí fuera últimamente? –como decía, era Él en persona. Todavía conservaba su gran barba a medio arreglar y un aspecto de bueno que engañaba a cualquiera, a cualquiera que no lo conociera lo suficiente.

-No puedo quejarme después de todo. Pero si le parece vamos al grano: ¿Qué es lo que quiere exactamente de mí?

-¡Jajaja! Muy bien, muy bien; de acuerdo, Adán. Quiero que hagas un pequeño trabajo para mí, algo muy sencillo.

-Ya no hago esa clase de trabajos.

-Sí, eso he oído. Pero verás, necesito que tú y sólo tú te encargues de esto. Hazlo por mí y te prometo que no te molestaremos más –me dijo mientras se toqueteaba la barba.

Los gemelos se acercaron algo más a mí, demasiado para mi gusto. Supe que no iba a aceptar una negativa, así que hice lo único que podía hacer en ese momento.

-¿En qué consiste el trabajo?

-Tienes que encontrar a una mujer y traérmela.

-¿Una mujer?

-Sí, digamos que tuvimos un pequeño malentendido y quiero hablar con ella.

-¿Nombre?

-Eva.

 

 

 

Eva tenía un bonito nombre, pero sin embargo no parecía ser muy lista; o eso, o el jefe y los suyos no habían buscado muy bien. No me costó demasiado encontrar su rastro: en solo tres días mis contactos me llevaron a un antro llamado “Welcome to paradise”. Y ahí estaba yo esa noche mirando su cartel luminoso, parpadeante y torcido. Ya desde fuera no parecía un local muy recomendable. Entré y me senté en un taburete junto a la barra. Un camarero-androide que se movía de forma muy extraña se acercó a mí.

-Buenas noches, señor. ¿Qué desea tomar?

-Una cerveza doble, por favor.

-Enseguida.

-Espero que no se desmonte…

-¿Disculpe, señor?

-Nada, nada… perdona.

No me gustaban mucho los androides, lo confieso. Por lo general, evitaba los locales con esta clase de personal, pero no estaba allí hoy por elección mía.

-Aquí tiene, señor. Son dos créditos.

-Gracias.

Desde mi taburete escudriñé el local en busca de Eva. Por la descripción que me habían dado tenía que buscar una mujer alta, pelirroja y muy guapa. Descarté enseguida a varias candidatas; algunas por el tono de cabello, otras por parecer demasiado despreocupadas. ¿Qué querría Él de Eva?, pensaba mientras daba un buen trago de mi cerveza helada. De fondo podía oírse una pieza de tecno-jazz, de esas que se habían puesto tan de moda últimamente. Mientras, el camarero-androide limpiaba con un paño la barra. Sobre una de las columnas colgaba un extraño cuadro: aparecían pintados en él un hombre y una mujer desnudos rodeados de mucha vegetación, con las partes tapadas por unas míseras hojas. Y entonces la vi. Ella entró en el local. Tenía que ser Eva seguro. Era alta, pelirroja y muy guapa; era increíble. Vestía un traje azul que insinuaba eficazmente todas sus curvas, aunque la curva que más me llamo la atención fue la de su boca al sonreír. Estaba decidido: me iba a meter en problemas.

Se sentó en una mesa frente a dos tipos. Uno de ellos tenía implantes metálicos en la cara, el otro era bastante bajito, pero con cara de muy mala leche. El bajito y Eva empezaron a hablar y el de los implantes miraba de vez en cuando de reojo por todo el local. Eva sacó una pequeña caja y la dejó con cuidado en la mesa. Luego, mientras hablaban, Eva estuvo a punto de volver a guardársela, pero paró cuando aquel hombre bajito con mala cara asintió con la cabeza de mala gana. Estaban negociando el precio. Tenía que acercarme a ellos sin llamar su atención.

-Camarero, un whiski por favor.

-Enseguida, señor.

Me desabroche la camisa y me bebí la mitad del whiski. La otra mitad me la eché encima. Empezaba el show.

-Disculpen caballeros… -dije al pie de la mesa simulando estar algo comprometido.

-Lárgate -me dijo el de los implantes.

-He tenido un pequeño accidente y quería pedirle a la señorita un pañuelo…

-¡Fuera! -el de los implantes hizo ademán de levantarse con la cara ya medio roja.

-Pero es qué… –insistí ya casi encima de él. Entonces intentó cogerme y yo me tiré encima de la mesa. Armé todo el jaleo que pude.

-¿Qué cojones haces tío? -el matón me levantó en peso y me mandó a dos metros de una buena hostia.

-Si te vuelves a acercar te daré otra. –Vale, mensaje recibido.

-No pasa nada, tranquilos -dijo el otro a los espectadores-. Que cada uno siga a lo suyo.

-La caja, ¿dónde está la caja? -advirtió de repente Eva.

-¡Hijo de puta!

En ese momento yo estaba en el umbral de la puerta trasera, y en cuanto me vieron allí salí por piernas. Para cuando salieron todos yo estaba esperándolos a un par de metros de distancia.

-Yo no haría eso -advertí al matón más grande mientras les apuntaba con mi fiel compañera. -Eso es. Y ahora, despacio, quítate la chaqueta y levanta bien las manos. Despacio. Bien. Echaros los dos al suelo, boca abajo y las manos a la espalda.

Eva, sin moverse un solo milímetro, me miraba sorprendida.

-Toma -le lancé a Eva una bolsa con unas cuantas bridas muy grandes. Donde estén las bridas que se quiten las esposas-. Pónselas a los dos alrededor de las muñecas y los tobillos y asegúrate de apretarlas muy fuerte.

Me acerqué un poco para ver qué tal se le daba.

-Apriétalas más. Más, más… Muy bien. Ahora apártate un segundo.

Cogí un cubo de la basura y se lo estrellé en la cabeza al de los implantes. Luego, aunque protestó lo suyo y luego me ofreció dinero, repetí la operación con el otro.

-Eso les mantendrá fuera de juego durante un buen rato. Vámonos.

-Yo no me voy contigo a ningún lado –me dijo Eva.

-Escucha: has enfadado a los tipos inadecuados y estos están buscándote ahora mismo.

A Eva le cambió la cara.

-Muy bien, ¿y a dónde vamos?

-No lo sé muy bien… de momento vámonos de aquí; ya hemos llamado demasiado la atención.

 

 

Nos alejamos todo lo posible de las calles más transitadas. Cogimos caminos que nadie en su sano juicio tomaría a esas horas de la noche, y esperamos pacientemente que pasara un vehículo-taxi mientras oíamos el murmullo de los puestos de comida china y nos sorprendía de vez en cuando un escape de vapor de las cañerías. Yo estaba intentando tomar una difícil decisión: entregaba a Eva o le ayudaba a escapar. Bueno, para ser honesto, creo que nunca pensé seriamente en entregarla.

-¿Me vas a decir por qué te están buscando?

-¿Eso importa realmente? Dime, ¿cuándo piensas entregarme?

La miré con relativa sorpresa y luego sonreí.

-Eso no va a ocurrir; ya sabes lo que dicen: los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Iremos a los suburbios y ya pensaremos algo.

-¿A los suburbios?

-Sí. Buscaremos un lugar discreto donde escondernos. Allí tengo amigos que pueden ayudarnos a desaparecer por una buena temporada.

-De acuerdo –me dijo pensativa.

-Entiendo que no te entusiasme, pero no creo que tengamos muchas más opciones. De todas formas estoy abierto a sugerencias.

-No tenía que haberlo hecho.

La miré esperando a que continuara su historia.

-Me llevé una joya valorada en mucho dinero, la “manzana” la llaman. Pensé que estaba en mi derecho después de todo. Estaba muy cabreada con ellos y conmigo misma. Todos aquellos años trabajando como una esclava, haciendo cosas que es mejor olvidar. Y cuando conseguí comprar mi libertad, cuando por fin había saldado todas mis deudas con ellos, me pidieron que hiciera un trabajo más. Eso fue hace un año. Hace poco comprendí que nunca me iban a dejar marchar.

-Nunca se deja de estar en deuda con ellos. –Saqué la caja de mi bolsillo y sé la ofrecí.

-Gracias. Pensaba venderla y desaparecer para siempre.

-Bueno, aun estás a tiempo. Todo se solucionará –le dije sonriéndole.

En ese momento pudimos parar un taxi.

-Buenas noches. Déjenos lo más cerca que pueda de los suburbios –le pedí al conductor nada más entrar.

-¿A los suburbios? ¿Están seguros?

-Ya me ha oído.

-Está bien, está bien; ustedes mandan si tienen suficiente dinero. Pero no pienso acercarme demasiado; es demasiado arriesgado.

-Muy bien. Salga de la ciudadela lo antes posible y coja las carreteras menos transitadas. Le daré cien créditos ahora y cien más cuando lleguemos. -Teníamos un largo trayecto por delante.

-¡Entendido, jefe! –me respondió muy satisfecho el conductor.

Eva me miraba sonriendo. Estaba increíblemente preciosa.

Me había vuelto a enamorar.

 

 

Eva y yo estuvimos gran parte del viaje intercambiando pequeñas historias, pequeñas vivencias. Incluso conseguí hacerla reír varias veces. A lo lejos ya se podía ver el límite de los suburbios.

-Ya casi hemos llegado. Si les parece bien les dejo antes de llegar a las primeras cabañas –nos dijo mirando a través del retrovisor el chofer.

-Perfecto, muchas gracias. –Metí mi mano en un bolsillo en busca de más dinero cuando disparado de la nada apareció un vehículo que estuvo a punto de chocar con nosotros.

-¿Pero qué demonios…? –exaltó el chofer mientras daba un gran volantazo para esquivarlo. Nuestro vehículo perdió el control y dio varias vueltas de campana. Terminamos chocando violentamente contra un árbol.

Apenas podía abrir los ojos. Me dolía mucho todo el cuerpo por dentro. Creo que estábamos bocabajo. Eva intentaba desesperadamente  sacarme de allí pero yo sabía que algo no iba bien en mí. Le dije como pude que me dejará; que se fuera y huyera.

-¡No te dejaré aquí!

-Vete… por favor…

Nunca olvidaré su mirada: transmitía una infinita tristeza e impotencia mientras me soltaba lentamente la mano.

-Lo siento mucho –fue lo último que me dijo mientras la vi alejarse con lágrimas en los ojos.

Y todo se hizo blanco.

 

 

­  > FIN DEL PROGRAMA_

 

 

En el laboratorio, varios técnicos ataviados con batas blancas analizaban todos los datos que imprimía por medio de varias pantallas la computadora central. Los técnicos, incansables, recogían cualquier dato de relativa importancia. No se paraba un segundo. En el centro de aquel laboratorio, había una gran mesa informatizada donde descansaban al menos una docena de cubetas. Cada cubeta contenía un cerebro humano flotando en una especie de líquido amarillo. Las cubetas estaban conectadas a la computadora central a través de numerosos cables, gruesos y rígidos. Se podían ver estos cables por el suelo, atravesando el recinto de punta a punta. Algunos suministraban nutrientes a los cerebros y todo tipos de drogas, otros, transmitían información en ambos sentidos.

-Doctor, el cerebro 069, alias Adán, ha vuelto a entrar en colapso.

-Muy bien. ¿Ha desvelado por fin el paradero de Eva?

-No, esos fragmentos quedan de nuevo confusos. Creemos que en medio del trayecto hacia los suburbios podría estar la clave, pero una vez más parece como si se negara a revelar esa información.

-Bien. Espere tres horas y reinicie de nuevo la reconstrucción.

-Pero doctor, si lo reiniciamos tan pronto podríamos perderlo. El cerebro está demasiado sobrecargado y…

-¡Necio! ¿Será usted entonces quién le diga a Dios que no hemos podido sacarle la información?

El ayudante del doctor agachó la cabeza en una actitud de pura vergüenza e impotencia.

-¿Desde dónde quiere que empecemos esta vez? –respondió al fin.

-Reinicien en el mismo punto que las últimas dos veces, justo cuando lo llaman por los megáfonos. Y aumenten en dos grados más su atracción por Eva. Presiento que esta vez nos dirá lo que queremos oír.

 

 

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4 pensamientos en “CON DIOS PISÁNDOME LOS TALONES (borrador)

  1. ¡Qué buen relato! Ese Dios en plan Matrix, imágenes 100% ciencia-ficción. Quizás se hace un poco difícil conocer el mundo en el que se desarrollan los acontecimientos. Los giros se van sucediendo y no puedes perder atención. Lo que te comenté más de una vez, eres un derroche de imaginación. Felicidades

  2. Hola, Mavi. Me alegra verte por aquí 🙂

    Siento el triste final del relato (distopía total). Si te ha gustado ya te pasaré la versión corregida y reescrita del mismo. Unas mil palabras más y la mayoría reescrito y sin faltas, aunque no te prometo un final mejor para el protagonista.

    Un abrazo

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