HA MERECIDO LA PENA, FRANK (borrador)

HA MERECIDO LA PENA, FRANK

Era de noche y estaba empezando a llover. Yo estaba mirando el semáforo, como esperando a que se pusiera en verde para cruzar. El tráfico era como siempre muy denso y todo el mundo tenía mucha prisa por llegar a algún sitio; les movía el deseo de pasar de una situación a otra, olvidándose así de disfrutar el momento presente, de vivir el ahora. El semáforo cambió varias veces de color, pero yo seguía quieto en el mismo lugar. La gente iba y venía y yo estaba en otro plano. Un coche muy grande, negro y con aspecto de limusina, se paró delante de mí. La ventanilla del chofer se bajó y apareció un hombre mayor de amable aspecto.

-Suba, por favor -me dijo.

Aunque me estaba hablando a mí, miré a ambos lados para ver a quien podría dirigirse.

-Usted, sí. Suba, por favor.

-¿Yo?

-Sí, todo está preparado. Suba, por favor -insistió amablemente.

Subí con la certeza de que era seguro, no sé por qué, pero lo sabía.

-Llegaremos en quince minutos. Póngase cómodo.

El coche se puso en marcha y avanzamos a una velocidad moderada. Yo miraba a través del cristal todo aquel mundo ahora ajeno a mí. Los escaparates decorados para llamar la atención del transeúnte; la gente caminando por la acera, algunos solitarios y otros compartiendo sus vivencias con otros; caras serias, caras divertidas, gestos, abrazos, manos entrecruzadas, miradas perdidas; observaba cómo caía la lluvia en las aceras, intentando en vano limpiarlas; los demás vehículos adelantándonos…

Llegamos a una zona de la ciudad que yo nunca había visto. Paramos en un semáforo y luego giramos a la derecha. La calle era muy estrecha y oscura, y tras recorrer un tramo de esta, el chofer paró el coche. Seguía lloviendo suavemente.

-Ya hemos llegado -me dijo.

-¿A dónde?

-Pronto lo verá.

Me abrió la puerta del coche y me invitó a salir con un amable gesto.

-Es aquí -me dijo mientras me mostraba una pequeña puerta.

-Gracias.

-Ha sido un placer.

El chofer montó de nuevo y desapareció calle abajo con su flamante coche negro.

La puerta era gris y tenía un pequeño cartel luminoso que decía simplemente “Welcome”. Parecía estar sola en aquel callejón. Agarré el pomo y lo giré.

Nada más entrar se encendió una luz tenue, que iluminaba lo justo y no molestaba, muy discreta. Había unas escaleras para bajar con barandillas de metal en ambos lados. Las paredes eran solo cemento liso, sin más decoración. Y abajo, una puerta de madera. Bajé las escaleras y me quedé mirando un segundo aquella puerta. No sin dudas entré.

La estancia parecía una pequeña cafetería. Las paredes estaban forradas de madera hasta media altura, y de ellas colgaban posters enmarcados de varios compositores de blues, soul y jazz. Tras la barra había un camarero con esmoquin y pajarita, que estaba, en ese preciso momento, secando los vasos con un paño. Tenía un bigote muy al estilo británico. Y de fondo, todo ello amenizado con ‘Blue in Green’ de Miles Davis.

-Buenas noches, caballero -me dijo mientras me sentaba.

-Buenas noches.

-¿Qué va a tomar?

-Un té verde, por favor.

-¿Sólo un té? -contestó arqueando ligeramente una ceja.

-Sí, sólo un té. Muchas gracias.

Seguí escudriñando el local mientras el camarero me preparaba el té. Era un local muy pequeño, de unos treinta o cuarenta metros. Tenía solo tres mesas y un par de sofás individuales en una esquina, la entrada a los servicios y otra puerta sin identificar. Quizás era eso, que fuera tan pequeño y recogido, lo que le hacía tan acogedor.

-Aquí tiene su té.

-Muchas gracias.

-A usted, caballero.

La taza de té estaba muy caliente y de ella emanaba un delicioso aroma. La cogí con ambas manos y me la acerqué a la nariz.

El camarero, de espaldas a mí, estaba ordenando las botellas dispuestas en varias estanterías. Mientras, yo seguía disfrutando de mi té. Miré de nuevo aquella puerta sin identificar. Me acabé el té y seguí mirando la puerta.

-Puede entrar cuando quiera -me sorprendió el camarero.

-Pero, ¿a dónde lleva?

-Eso sólo lo puede saber usted, caballero.

-¿Yo? No lo entiendo.

-Lo hará a su debido tiempo.

Me levanté y le di las gracias. Fui hacia la puerta roído por la curiosidad. Cuando estuve frente a ella me volví y miré al camarero. Él asintió amablemente con la cabeza.

Una vez dentro encontré otras escaleras, pero esta vez subían. Estas parecían pertenecer a un lugar radicalmente distinto del local de donde había estado hacía tan sólo unos minutos; no tenían nada que ver con la cafetería. Eran las de un rellano, las de un piso ya muy viejo. Las subí y vi escrito con pintura en la pared ‘Segunda planta’. Las paredes, el suelo, todo estaba hecho una mierda. A la izquierda, la puerta de una casa cerrada; a la derecha,  la puerta de otra casa abierta con un policía esperando.

-Hola, chaval. Pasa.

¿Chaval? ¿Qué estaba pasando aquí? Me miré las manos y no eran las mías, eran las de un crío de unos trece o catorce años. Dentro estaba otro policía consolando a una mujer. Y mirándome había un hombre. Ese hombre era un amigo de la familia, de mi infancia, era Marc; y esa mujer… esa mujer era mi madre. ¿Estaba acaso soñando?

-Hola, Frank -me dijo Marc.

-¿Qué es todo esto? -pregunté.

-Frank, tu padre no está; se lo han llevado a la cárcel. Lo siento mucho. Pero no te preocupes; todo irá bien, ya lo verás.

Entonces Marc me abrazó, me abrazó y yo empecé a llorar. Lloraba sin poder parar mientras abrazaba a Marc. Y entonces  lo supe; estaba viviendo un recuerdo.

-Tranquilo -me decía Marc.

Yo seguía llorando mientras ellos pensaban que lo hacía por tristeza; nada más lejos, lloraba de pura felicidad. Lloraba por qué me había librado de él, por qué por fin Dios hizo caso de mis plegarias. Recordé como le rezaba aquellas duras e interminables noches para que no me volviera a pegar, para que se lo llevara lejos de nosotros.

Cuando me separé de Marc disimulé como pude mi alegría y le di las gracias mientras me secaba las lágrimas. Observando aquella casa me vinieron muchísimos recuerdos de mi infancia. Ahí estaba la infatigable televisión en blanco y negro, y junto a ella, el estéreo. En una pared estaba el viejo sofá que, junto a otros tres pequeños muebles, formaban todo el mobiliario de la sala de estar; todos ellos muy básicos y de segunda mano, algunos incluso en mal estado. Era todo tan real. Podía recordar hasta los olores…

Me dirigí a mi habitación, pero cuando atravesé la puerta no me encontré con lo que me esperaba encontrar.

El azul invadió mis ojos. Las camas, las cortinas, la decoración; todo, incluso el aire, era limpio y como azulado. Me miré las manos y pude ver de nuevo las de un hombre maduro. Me sentí aliviado. Las toallas estaban perfectamente dobladas y todo muy higienizado. Estaba en la habitación de un hospital. Y en el medio de la estancia había una cunita, pequeña y muy sutil, que albergaba sin embargo el mayor de los tesoros. Miré un poco nervioso, tal y como ya me sucedió hacía ya mucho tiempo, el interior de la cuna. Y sí, allí estaba, mi Sofía. Tan bonita y pequeña como la recordaba, tan hermosa que podría haberme muerto en ese mismo instante. Acerqué mi mano con mucho cuidado a la suya, y ella, al sentirme, me cogió con toda su manita mi dedo índice. Qué dedos tan pequeñitos tenía, y sin embargo, cuánto amor y ternura transmitía.

Estuve largo tiempo cogido de su mano. Disfruté de nuevo de cada segundo regalado. Sentía una enorme gratitud por haberme permitido revivir aquel primer mágico encuentro. A estas alturas poco me importaba encontrar una explicación a todo aquello que estaba sucediendo, ya no me lo cuestionaba; me sentía muy afortunado. Le acaricié suavemente la cabecita. Qué calorcito más agradable desprendía. Qué morena estaba…

Entonces entró el doctor y la matrona.

-Buenas tardes. Veo que ya ha conocido a su hija. Enhorabuena, es una niña muy sana.

-Muchas gracias –le contesté complacido.

-La madre también está bien, sólo necesita descansar. Ahora, sino le importa, acompáñeme para que le tomen los datos, por favor.

-Sí, sí, claro.

El doctor salió por la puerta y yo le seguí. Cuando traspasé yo la puerta ya no había hospital, y ya no me extrañaba.

Estaba vez había ido a parar al principio de lo que parecía un largo pasillo. Parecía una galería de arte, pues cada dos metros colgaba un inmenso óleo. Al tercer óleo me di cuenta: eran representaciones de sueños míos, de aspiraciones no logradas; de resultados que hubiera obtenido si me hubiese atrevido a realizar una acción determinada.

Y al final del pasillo, tras recorrer una buena distancia y estudiar detenidamente numerosos cuadros, había una pantalla empotrada en la pared, donde, de manera táctil podía seleccionar cientos de instantes importantes de mi vida, pequeños videos con lo mejor de Frank. Los grandes éxitos de Frank. En este punto ya estaba claro que mi derecho a la intimidad se había esfumado. Estaba todo. Todo perfectamente clasificado con etiquetas tales como “edad”, “emociones implicadas”, “duración”, hasta había una para mayores de 18 años. Fragmentos de Frank. Era increíble.

Estuve previsualizando un buen montón de ellos; los desagradables, me fue fácil identificarlos, los rechazaba automáticamente; y disfruté de varios de los más bonitos. ¡Cuántas cosas había hecho y logrado hasta ahora! Vi algunos de mi infancia, otros de mis hijos, unos pocos sobre mis conquistas, y otros tantos de ELLA… Decididamente no tenía motivo de queja. No, no señor, tenía mucho por lo que agradecer.

En la pantalla, cuando ya había visto aproximadamente una treintena de videos, apareció un mensaje: ‘por favor, seleccione una vivencia más.’. Eso hice, y apareció de la nada una puerta a mi derecha.

La puerta era de madera y me recordaba mucho a la que tenía en la habitación de una casa donde había vivido hacía ya mucho, mucho tiempo.

Allí estaba ella, era joven de nuevo; los dos éramos jóvenes otra vez. Una sensación calurosa se apoderó de todo mi cuerpo. Me estremecí de pensar en todo lo que iba a revivir de nuevo.

-Hola, cariño -le dije con la más tierna de las sonrisas.

-¡Hola, guapo!

La habitación estaba iluminada por dos pequeñas velas, una de ellas con aroma a limón. Hasta las velas eran las mismas que cuando lo viví por primera vez. La cama estaba abierta, ya preparada. Ella vestía un conjunto minimalista de ropa interior. Dios bendiga al diseñador de aquel picardías. Su carne era clara, tersa y firme; daban ganas de devorarla y a la vez la quería abrazar y no soltarla jamás. “Das los mejores abrazos del mundo” me decía a menudo, y yo me sentía muy feliz de que ella pensara eso, me encantaba.

-¿Ves algo que te guste? –me dijo sonriendo.

Entonces la abracé con fuerza. Toda ella tenía un agradable aroma a primavera; si la Diosa Afrodita existió alguna vez, debía de oler exactamente igual.

-Sí, vaya que sí.

Seguí abrazándola y ella sintió, notó que yo buscaba cariño más que puro sexo; que más que practicar sexo, lo cual estaba muy bien, quería esta vez hacerle el amor, quería abrazarla completamente.

-Te quiero mucho -me dijo.

-Yo también, cariño mío.

Empezamos a besarnos como solo saben besarse los verdaderos amantes, sin restricciones, sin miedos, entregándonos el uno al otro totalmente. Nos metimos en la cama sin despegarnos ni un solo milímetro. Ella me ayudó a quitarme la ropa; yo le quité lo poco que llevaba. Nos besábamos sin parar. Y es que yo, tal y como le leí una vez a Bukoswki decir, soy un loco de los besos; corrijo: soy un loco de SUS besos. Alcanzamos el clímax juntos y ella se durmió plácidamente encima de mi pecho.

Pasaron las horas y amaneció. Durante la noche, me desperté varias veces y comprobé con una amable satisfacción como estábamos cogidos de la mano. Verdaderos amantes, ya digo.

Cada vez que me despertaba iba al servicio con miedo de cambiar de nuevo de vivencia-habitación. ¿Acaso había tenido simplemente otro de mis sueños locos? En cualquier caso, cada vez que podía volver a la cama junto a ella, miraba al cielo y agradecía al universo tan inmensa generosidad.

Cómo decía, amaneció. De vez en cuando despertábamos los dos el tiempo justo para darnos un beso e intercambiar bonitas palabras, luego nos dormíamos de nuevo. Cuando ya estuve saciado de sueño me puse el pijama, y, justo cuando fui a salir por la puerta de la habitación lo noté.

Me acerqué a ella, la besé y abracé de nuevo. Ella, medio dormida me correspondió.

-Hasta otra, cariño –le susurré. No me olvides nunca, por favor.

Y salí de la habitación.

Esta vez salí al exterior.

Allí afuera aún estaba amaneciendo. Bajo mis pies descansaban grandes rocas con pequeñas briznas de vegetación entre ellas. Estaba al comienzo de una pequeña pendiente. Podía ver asomar las copas de varios árboles. Subí decidido para ver que había al otro lado. Soplaba una ligera brisa y el sol empezaba a asomar. Llegué arriba y, para mi sorpresa, vi lo que claramente debía de ser un cementerio. Lápidas por todos lados, como desordenadas adrede; pinos y otros tipos de árboles que por mi desconocimiento en este tema no sabía identificar, aunque lo que sí sabía seguro es que eran muy comunes en este tipo de lugares.

Bajé con cuidado hasta abajo y avancé unos pocos metros. Paré mi caminar cuando, no muy lejos de mí, pude ver a un grupo de personas reunidas alrededor de una pequeña lápida, una lápida discreta y un poco apartada de las demás. Aquellas personas no lloraban, no estaban tristes; es más, parecían estar incluso felices. Era como si ellos supieran que él estaría ahora bien. Pude sentir que estaban conformes con su marcha, que estaban felices por él. Ellos sabían que este no era el final de la historia, que aquí no se acababa todo, que todos nos volveríamos a ver. Me pareció increíblemente bonito. Sentí un sentimiento muy grande de amor hacía todos ellos… Y fue en ese preciso y precioso instante cuando por fin lo entendí todo.

Pude entonces reconocerlos a todos. No faltaba nadie a la cita; estaban todos mis seres queridos, todos los que me importaban. Pararon al unísono de hacer lo que estaban haciendo y me miraron sonriendo. Sonrieron con cariño y se despidieron con la mirada. Algunos lloraban de pura ternura. El sol ya estaba también acompañándonos.

Ha merecido la pena, Frank -me dije.

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6 pensamientos en “HA MERECIDO LA PENA, FRANK (borrador)

  1. Gracias por este relato y los otros,creo que tu escribes para transportar a la gente a lugares que están en tu mente y son maravillosos,en cierta manera para tí son reales ,vives allí porque los has imaginado,ahora yo también los conozco,el poder de la escritura es magia.

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