DEJA QUE TE CUENTE (borrador)

*Quería dar las gracias -especialmente- a todos mis amigos que me leen incansables una y otra vez, me señalan alguna falta en el texto (que todavía se me escapan), y pueden contribuir con alguna pequeña idea. Muchas gracias.

 

DEJA QUE TE CUENTE

Todo empezó con una llamada telefónica de mi buen amigo el Dr. Michael. Mientras me hablaba a través del teléfono, lo noté demasiado nervioso, y además, no se pronunciaba como acostumbraba. Mucho me extrañó este hecho, ya que Michael era una persona muy sosegada; hablar con él era encontrar paz y tranquilidad, siempre tenía las palabras precisas para cada persona y circunstancia; casi nada lo sacaba de su centro. Pero, como ya digo, en esa llamada no parecía él mismo.

­­­-Ven esta tarde a mi casa del pueblo ¿Vendrás, verdad? -me insistía.

Me contó que se había recluido allí para pensar. Era la primera noticia que yo tenía sobre esa casa; nunca antes la había mencionado, pero eso ya es otra historia.

-Claro, Michael. Allí estaré.

-Muchas gracias. Eres un gran amigo, Howard.

Me dio entonces las indicaciones de cómo llegar a la casa y nos despedimos con la promesa de vernos esa misma tarde.

 

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CAFÉ A MEDIODÍA (borrador)

*Como ando un poco despistado últimamente se me pasó votar la última vez en El relato del mes (y por lo tanto concursar con este relato). Así que cuelgo el relato aquí, y así ya de paso llevan (los relatos de esta nueva hornada) un orden cronológico.

 

CAFÉ A MEDIODÍA

Hacía un sol de justicia. Desde siempre me ha encantado el verano, pero hoy tengo que reconocer que el calor era insoportable. Tenía la cita con él a las doce en una pequeña cafetería del centro, en la zona del ayuntamiento junto a la gran fuente central. Para mí era otra cita más; no le veía al chico ningún potencial, pero tenía que hacerlo de todas formas.

Las doce y diez y todavía no aparecía. Me quedé esperando al lado de la puerta de la cafetería. Por suerte, no había salido nadie a fumar. No me apetecía verlo y menos todavía tener que seducirlo. Intenté pensar en otra cosa y, casi sin darme cuenta, vacié mi cabeza de pensamientos y me quedé absorta mirando aquella fuente majestuosa. Las palomas gorgoteaban e iban de un lado a otro ajenas a todo lo demás. Si no les echabas comida era como si no existieras para ellas. Y el sol, aunque apretaba, lo hacía todo algo más bonito, lo mejoraba. Ya llevaba más de cinco años destinada en este lugar y he de reconocer que en el fondo me gustaba.

-Disculpe -me dijo un hombre al salir de la cafetería.

Salió y se acomodó muy cerca de mí. Buscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó tabaco y encendedor.

-¿Qué buen día hace verdad?

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HA MERECIDO LA PENA, FRANK (borrador)

HA MERECIDO LA PENA, FRANK

Era de noche y estaba empezando a llover. Yo estaba mirando el semáforo, como esperando a que se pusiera en verde para cruzar. El tráfico era como siempre muy denso y todo el mundo tenía mucha prisa por llegar a algún sitio; les movía el deseo de pasar de una situación a otra, olvidándose así de disfrutar el momento presente, de vivir el ahora. El semáforo cambió varias veces de color, pero yo seguía quieto en el mismo lugar. La gente iba y venía y yo estaba en otro plano. Un coche muy grande, negro y con aspecto de limusina, se paró delante de mí. La ventanilla del chofer se bajó y apareció un hombre mayor de amable aspecto.

-Suba, por favor -me dijo.

Aunque me estaba hablando a mí, miré a ambos lados para ver a quien podría dirigirse.

-Usted, sí. Suba, por favor.

-¿Yo?

-Sí, todo está preparado. Suba, por favor -insistió amablemente.

Subí con la certeza de que era seguro, no sé por qué, pero lo sabía.

-Llegaremos en quince minutos. Póngase cómodo.

El coche se puso en marcha y avanzamos a una velocidad moderada. Yo miraba a través del cristal todo aquel mundo ahora ajeno a mí. Los escaparates decorados para llamar la atención del transeúnte; la gente caminando por la acera, algunos solitarios y otros compartiendo sus vivencias con otros; caras serias, caras divertidas, gestos, abrazos, manos entrecruzadas, miradas perdidas; observaba cómo caía la lluvia en las aceras, intentando en vano limpiarlas; los demás vehículos adelantándonos…

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