Libros leídos en 2016

*Más vale tarde que nunca, dicen.

Libros leídos en 2016

Me disculpo de antemano por las etiquetas que voy a aplicar a algunos de los títulos listados; ya sabéis, solo se trata de mi opinión personal. No comentaré todos, algunos por ser demasiados conocidos, y otros a saber porqué.

De enero a junio:

Sala número seis, de Antón Chéjov. Regusto amargo se me quedó al terminar esta pequeña novela -o relato largo-. Ahora, eso sí, está muy bien escrito.

Cuentos taoistas. Bellísimo.

American Goods, de Neil Gaiman. Te quiero, Gaiman.

Pregúntale al polvo, de John Fante. Brutal.

La máquina del tiempo, de Herbert George Wells.

Se busca una mujer, de Charles Bukowski.

Amanecer, de José Antonio Cotrina. Un relato que deja huella. De lo mejor que he leído a nivel nacional.

HicSunt Dracones, de Tim Pratt. Con este libro Pratt se convirtió en uno de mis autores favoritos (de este género), así que me recorrí la web en busca de posibles relatos en español por leer. Necesito más.

Cartero, de Charles Bukowski.

Cuentos para Argelnon III. Sigue leyendo

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Platanero no tan borde (tercer borrador)

*Este pequeño relato lo escribí hará ya unos dos años (!). Hoy le he dado un pequeño repaso, y creo que ya está practicante listo. Lo dejaré aquí en reposo durante un breve tiempo, y lo corregiré una vez más (la última espero).

 

Platanero no tan borde

Con los codos en la mesa y la cabeza apoyada en las manos a modo de jarra (o más bien de copa), sigo mirando a un puñado de folios esparcidos sobre esta. La silla ya hace rato que se me hace incómoda, áspera al tacto, dura. Los folios, que desde siempre me han parecido unos fantásticos aliados, hoy se me antojan rebeldes, demasiado blancos, de un blanco nuclear. Son lo guardianes del NO. Parecen decir hoy no escribirás, Frank; es lo que hay. Son poderosos, perfectos, alejados de mí. Me supongo que así se sienten los demás cuando les llega el temible y verdadero bloqueo. Sonrío resignado y me consuelo al pensar que a mí pocas veces me sucede, que no hay nada que temer. ¿Verdad? En fin, que yo estoy bien. Seguro. A mí, los guardianes del NO, casi siempre me dicen que sí y se muestran muy colaboradores.  Pocas veces no he podido escribir en el mismo momento que he decidido hacerlo. Entonces, ¿por qué me siento así? Creo que no es por esto. No. Es la casa. Sí. Vivir en esta casa ya hace tiempo que me aburre, incluso hay veces que me asquea. Se me cae encima. Demonios, tengo que mudarme ya. Pero no es culpa suya, claro; yo soy el único responsable. Ella solo está intoxicada con mis mierdas. Yo y mis errores del pasado. Y espero, por la cuenta que me trae, haber aprendido de algunos de ellos.

Bebo un sorbo de té y dejo la taza en una esquina de la mesa. Putos folios. Creo que voy a cambiarme a la cerveza. Me inclino en la silla hacia atrás con las manos entrecruzadas en la nuca, y me estiro mirando al techo. También es blanco y enorme y vacío. Hoy todo parece vacío. Algunos escritores acabaron muy mal por abusar del alcohol. Miro los folios otra vez y suspiro. Por hoy creo que lo voy a dejar. Es mejor así. Pero entonces oigo una vocecita, suave, casi imperceptible, que me llama. Miro detrás de mí, pero sigo estando solo. Pero la pequeña voz insiste y me llama de nuevo: estoy aquí afuera, me dice. Me levanto y me voy hacia la ventana. Sigo sin ver a nadie. Solo están los árboles y el viento jugando con sus hojas. Soy yo, Frank. En la acera de enfrente hay una hilera de árboles, todos plataneros sombra, o plataneros bordes como los conocen algunos. Y uno de ellos, justo el que tengo delante, está demasiado inclinado, como si quisiera cruzar la acera con su copa. Sí, soy yo, insiste. El árbol parece estar observándome, y siento un pequeño escalofrío.

Miro al árbol fijamente.

—Ayúdame, Frank—. Vale, es él seguro.

Lo miro entornando un poco los ojos, al tiempo que me asomo demasiado por la ventana.

—Disculpa… —digo en un susurro y casi sin mover los labios— ¿Qué te ayude a qué?—Bueno, con mi historial pocas cosas me extrañan ya.

—A viajar.

—¿A viajar? —preguntó sentándome de nuevo en la silla— Pero eres un árbol…

—¿Y? Que tú no viajes no quiere decir que los demás no puedan hacerlo, Frank.

—Tienes razón, disculpa. ¿Y cómo puedo ayudarte yo? —Ahora solo veo su copa, pero me siento muy cercano a él.

El árbol no dice nada, pero los folios esparcidos en la mesa parecen mirarme. Los guardianes parecen inquietos.

—Vale, ya comprendo. Y dime, ¿a dónde te gustaría ir?

—A Marte.

—¿A Marte? —digo sonriendo y con los ojos bien abiertos.

—Sí.

—Vaya. Pensé que elegirías cualquier otro lugar… de la Tierra.

—No. Quiero ser el primero en visitar otros mundos. Primero Marte y luego el resto del Sistema Solar—. El platanero parece estar más inclinado aún, dibujando así un arco enorme. Si alguien lo mirara desde bajo seguramente se sorprendería.

—De acuerdo. A Marte entonces. Por cierto, ¿tienes nombre?

—Puedes llamarme Mike.

—Encantado de conocerte, Mike.

—Igualmente, Frank.

Reuní rápidamente los folios mientras sentía como si una corriente eléctrica recorriera mi cuerpo. Miré a Mike sonriendo, y creo que él también lo hacía a su modo. Algunas de sus hojas estaban ya casi entrando por mi ventana. Cogí el bolígrafo naranja y me dejé fluir.

“Mike, un platanero sombra, observa a la Curiosity avanzar, y como esta va dejando en el terreno anaranjado un par de pequeños surcos a su paso. Se mueve lentamente, pero con una gran determinación. Se le ve muy afanada mientras Mike se pregunta divertido si acaso no reparará  pronto en él. Se imagina las caras de los humanos allí abajo, su reacción al otro lado de las cámaras desde la Tierra, todos con las bocas muy abiertas declarando haber descubierto vida extraterrestre. ¡Hay vida en Marte!, ¡Y se parece increíblemente a la terrestre! rezarían a las pocas horas los titulares en internet. Bueno, espero que lo haga rápido, piensa Mike, ya que pronto partiré a Saturno…”

Sigo escribiendo sin poder apartar la vista del papel mientras noto una leve caricia en el rostro.

Muchas gracias, susurro, mientras sonrío.

 

**Me apunto que se me ha escapado un párrafo en pasado.

Ahora estamos en paz (poema)

Ahora estamos en paz

―¡Señor, señor,

tenemos una emergencia!

―¡Cojones que susto!

¿Qué emergencia es esa?

―Pues verá, señor…

Se trata de un muerto,

que intenta

salir

de la tumba.

―Joder, ¿está intentando salir?

―Bueno, no estoy seguro del todo,

lo que sí hace es dar

buenos

sustos

al personal.

―¿Y cómo es eso?

―Pues verá:

cada par de días

al alba,

en la tumba en cuestión,

aparece la tierra

de la superficie

removida.

―¿Y?

―Y, que algunos hombres

aseguran haberlo visto.

Al parecer, saca un brazo

y empieza a agitarlo

de forma amenazante,

incluso asoma

a veces

la calavera.

―Y ¿dice algo?

―Sí… parece que grita,

o más bien gimotea.

―Y ¿qué es lo que dice?

―Pues…

―¿Sí? Habla, habla

hombre.

―Dice… «hijoputa», señor.

Bueno,

eso afirman los hombres,

yo no he sido testigo, como sabe.

―¿«Hijoputa»,

así, todo junto?

―Sí, pero lo hace con

un deje. Algo así:

«hijoopuuutaaa, hijoopuuutaaa».

―Vale, vale. Ya lo entiendo.

Y ya sé de quien se trata, además.

―¿Qué hacemos,

señor? ¿Qué recomienda?

―Bien, esto haréis:

buscad una bodega,

la más sucia que encontréis,

y haced que un hombre lleve

una botella de cristal vacía, y allí,

que se la rellenen

del vino más pobre y triste

que tengan,

bien avinagrado.

Este hombre

ha de llevar el vino a la tumba

y verterlo en

la tierra removida. Luego,

que le prenda fuego.

―¿Qué le prenda fuego, señor?

―Sí,

todo debe hacerse así,

tal como indico;

no debe de haber margen de error,

y así

el muerto quedará calmado,

al menos

durante un tiempo.

―¿Y hasta cuándo cree usted, señor?

―Hasta que él publique un nuevo libro,

me temo.

Mezcla explosiva (relato -último borrador)

Mezcla explosiva

Estaba solo en la sala de descanso tomándome una bebida energética cuando llegaron algunos de mis compañeros de trabajo. Empecé a comerme los cacahuetes.

―Hola, Frank ―me dijo Susan. Ella estaba embarazada y yo pensaba que podía comunicarme telepáticamente con su hijo. Sí, a veces creo que estoy un poco loco, pero estoy casi seguro de que esta vez no son voces en mi cabeza. Ese niño es el enviado del mal y tiene una importante misión para mí. Esta teoría empezó siendo una broma entre mi sobrino Sam, Susan y yo; y ahora estoy ligeramente obsesionado con el tema.

―¿Qué haces tomando cacahuetes con Monster, tío? ―me preguntó Dan.

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(Relato) Descuida, ya me ocupo yo

Bueno, ya estoy aquí de nuevo. Después de haber leído esta mañana un par de artículos de Gabriella, he decidido que ya es hora de publicar en mi blog. En esta ocasión voy a compartir con vosotros el relato Descuida, ya me ocupo yo. Relato que podréis encontrar también en mi primer librito: Fragmentos de Frank. Y lo hago por una razón específica: hace unos días hablé con una persona que había tenido el detalle de leerse Fragmentos de Frank y, después de asegurarme que le había gustado mucho el libro en general  (últimamente al que menos le gusta es a mí*), me hizo una pequeña confesión:

-Hay un relato que me ha gustado especialmente.

-Ah, ¿sí? ¿Cuál? -La emoción me recorría todo el cuerpo.

-Ese en el que el protagonista se mete en la mente de una chica para solucionar su grave problema.

-¿’Descuida, ya me ocupo yo’?

Ella quedó un momento pensativa, con los ojos mirando hacia arriba.

-Sí, ese. Terminé tu libro hace semanas y todavía lo tengo en la cabeza. Creo que no lo voy a olvidar en la vida.

 

Son estos momentos tan especiales los que me animan a seguir escribiendo. Muchas gracias, mi querida lectora anónima.

 

Descuida, ya me ocupo yo

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Un par de meses muy buenos

Estos dos últimos meses han sido muy productivos para mí, al menos en lo que se refiere al mundo de la escritura. Por un lado, mi cuento Venganza ha sido publicado en la nueva antología de los amigos de Valencia Escribe: El tiempo y la vida; y por otro, en Sinjania me hicieron una entrevista la mar de chula (¡Chulísima!): A veces se gana y a veces se aprende.

 

se-gana-se-aprende

Logo de la entrevista 🙂

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(Relato) Venganza

*Mi especial agradecimiento a Lu Hoyos de Valencia Escribe por la ayuda en la corrección de este pequeño relato. Espero que os guste.

 

Venganza

 

Como casi todas las tardes, mis dos hermanas y yo miramos atontados la pequeña televisión. Observo sus caritas y me asombro de la capacidad que tienen, al menos de forma aparente, de olvidar o de abstraerse. Es como si desconectaran. Yo, en cambio, hace ya rato que no paro quieto en la silla. Como si me sujetara a ella, tengo las manos debajo de los muslos, aferrándome a sus bordes. Me duele el trasero y miro una y otra vez la puerta que da a la calle. Son las seis de la tarde y creo que él ya no tardará en volver del bar. En mi caso, ser el primogénito no tiene ninguna ventaja, todo lo contrario. A veces me avergüenzo de tener envidia de mis dos hermanas, pero yo soy el que siempre se lleva la peor parte. Aun así, soy su hermano mayor y he de protegerlas.

Ellas siguen viendo los dibujos animados mientras yo doy golpecitos en el suelo con los pies, y a veces me mordisqueo las uñas. Entonces me acuerdo de lo mal que pasé la noche. Volví a rezar antes de dormir, aunque ya hace tiempo que no lo hago a Dios; ahora le pido al Demonio. Al primero le pedía la salvación, le imploré hasta la saciedad, incluso vertí muchas lágrimas sinceras sin ningún resultado; al Demonio le prometí mi alma a cambio de que acabara con él, pero ni con esas parece tampoco aceptar. Una de dos, o ambos hacen oídos sordos, o simplemente no existen. Salgo de mi letargo al ver como una de mis hermanas me sonríe, y me obligo a dibujar una sonrisa en mi rostro. La televisión atrae de nuevo su atención y yo vuelvo a mirar la puerta. Suena el timbre y doy un salto. Ahora mis hermanas me miran con los ojos muy abiertos. Han vuelto a nuestro mundo real. No puede ser padre, él siempre lleva llaves, pienso para tranquilizarme. Bajo un poco el volumen de la televisión y voy hacia la puerta.

—¿Quién es? —pregunto con voz temblorosa.

—El cartero —respiro y resoplo aliviado mientras destenso los hombros.

Abro la puerta y el hombre me muestra una postal.

—Hola, buenas tardes.

—Buenas tardes. Firme aquí, por favor —me dice sin apenas mirarme. Me entrega la postal, junto a un recibo y un boli.

Termino de firmar y levanto la vista. El cartero ya no está.

—¿Pero qué…?

La postal está en blanco. Le doy la vuelta dos veces pero no tiene nada escrito. Cierro la puerta un poco aturdido y me giro hacia mis hermanas.

—¡Qué raro…! –empiezo a decir mirando todavía la postal.

Abro la boca para intentar hablar, pero ya no puedo articular palabra. El cartero está con ellas. Los tres de pie con los ojos en blanco, portando cuchillos de la cocina. Mi cuerpo entero tiembla cuando todos ellos dicen al unísono: «No temas, hermano. Esperaremos juntos a padre». En la postal aparecen unas palabras: “Acepto tu oferta.” Firmado, D.

Parece que, después de todo, no carece de valor mi alma.