Revista Valencia Escribe nº4

Mi microrrelato Muñeco de nieve ha sido publico en la revista Valencia Escribe número 4 :-)

Para mí es un placer colaborar en dicha revista, y más aún coincidir en ella con otros amigos escritores como Rafa Sastre y David Rubio (entre muchos otros).

 

Para verla:
Para descargarla:
Espero que disfrutéis de su lectura ;-)

ÚLTIMO MENSAJE

ÚLTIMO MENSAJE

 

Hola, cariño. ¿Cómo estás? Sé que lo que voy a decir te será muy difícil de asimilar. Lo siento mucho. Si estás escuchando este mensaje es porque he muerto.  Lo sé, lo sé… Tenías razón, no tendría que haberme alistado. Ahora mismo me gustaría mucho estar junto a ti. Haría cualquier cosa por disfrutar una vez más de tu compañía, del olor de tu piel, de la suavidad de tus manos, de tus cariñosas palabras… Me viene la imagen de ti besándome con los ojos cerrados, con tu carita un poco chafada contra la mía; te imagino así y sonrío.

Te preguntaran si aceptas recibir una copia virtual mía. No soy yo, claro está, pero nadie notaría la diferencia. Es como hablar por teléfono con una persona querida.

Se me acaba el tiempo. Lo siento. Muchas gracias por todos estos años compartidos.

Recuerda que siempre te querré.

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CON DIOS PISÁNDOME LOS TALONES

CON DIOS PISÁNDOME LOS TALONES

 

-“Ciudadano 05072701NL preséntese en el puesto de seguridad más cercano por favor.”

-¡Mierda! ¿Tenía que ser justamente hoy?

-“Ciudadano 05072701NL preséntese en el puesto de seguridad más cercano por favor.”

-“Ciudadano 05072701NL preséntese en el puesto de seguridad más cercano por favor.”

-Hijos de puta, no se van a callar nunca.

No tenía otra opción, así que me metí por una de las antiguas bocas del metro ahora ya abandonadas. Eso, o en menos de media hora seguro que daban conmigo. No obstante, no era la primera vez que lo hacía, y por eso mismo sabía que no era muy buena idea. La última vez que me metí en la ruta del metro me las tuve que ver con un par de indigentes infectados con el mal de Ikaruso, mal que se contagia casi solo con mirarse. Iban armados con cuchillos e intentaron robarme, así que tuve que reducirlos a golpes. Después de aquel incidente estuve dos semanas en vilo. Dos semanas cagado de miedo porque es el tiempo medio que suele tardar en aflorar los síntomas de esta nueva y extraña enfermedad. Y lo malo del asunto es que si pides ayuda médica te hacen tal y como lo llaman ellos “una inspección completa de seguridad”; algo nada recomendable ya que te requisan todas las pertenencias personales que ellos piensen que son sospechosas, el hogar te lo ponen pastas arriba, y por último pasas una bonita cuarentena en compañía de otros que posiblemente sí que estén contagiados. Es por eso que nadie busca ayuda médica cuando se trata del Ikaruso.

Aparté unos cuantos tablones de madera viejos de la entrada y pasé por debajo del cartel de seguridad. El cartel tenía escrito un mensaje en letras llamativas, rojas y de un tamaño considerable:

“PELIGRO. NO PASE, CIUDADANO.
HAGA CASO OMISO Y PREPÁRESE PARA LAS CONSECUENCIAS.”

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DEJA QUE TE CUENTE

*Quería dar las gracias -especialmente- a todos mis amigos que me leen incansables una y otra vez, me señalan alguna falta en el texto (que todavía se me escapan), y pueden contribuir con alguna pequeña idea. Muchas gracias.

 

DEJA QUE TE CUENTE

Todo empezó con una llamada telefónica de mi buen amigo el Dr. Michael. Mientras me hablaba a través del teléfono, lo noté demasiado nervioso, y además, no se pronunciaba como acostumbraba. Mucho me extrañó este hecho, ya que Michael era una persona muy sosegada; hablar con él era encontrar paz y tranquilidad, siempre tenía las palabras precisas para cada persona y circunstancia; casi nada lo sacaba de su centro. Pero, como ya digo, en esa llamada no parecía él mismo.

­­­-Ven esta tarde a mi casa del pueblo ¿Vendrás, verdad? -me insistía.

Me contó que se había recluido allí para pensar. Era la primera noticia que yo tenía sobre esa casa; nunca antes la había mencionado, pero eso ya es otra historia.

-Claro, Michael. Allí estaré.

-Muchas gracias. Eres un gran amigo, Howard.

Me dio entonces las indicaciones de cómo llegar a la casa y nos despedimos con la promesa de vernos esa misma tarde.

 

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CAFÉ A MEDIODÍA

*Como ando un poco despistado últimamente se me pasó votar la última vez en El relato del mes (y por lo tanto concursar con este relato). Así que cuelgo el relato aquí, y así ya de paso llevan (los relatos de esta nueva hornada) un orden cronológico.

 

CAFÉ A MEDIODÍA

Hacía un sol de justicia. Desde siempre me ha encantado el verano, pero hoy tengo que reconocer que el calor era insoportable. Tenía la cita con él a las doce en una pequeña cafetería del centro, en la zona del ayuntamiento junto a la gran fuente central. Para mí era otra cita más; no le veía al chico ningún potencial, pero tenía que hacerlo de todas formas.

Las doce y diez y todavía no aparecía. Me quedé esperando al lado de la puerta de la cafetería. Por suerte, no había salido nadie a fumar. No me apetecía verlo y menos todavía tener que seducirlo. Intenté pensar en otra cosa y, casi sin darme cuenta, vacié mi cabeza de pensamientos y me quedé absorta mirando aquella fuente majestuosa. Las palomas gorgoteaban e iban de un lado a otro ajenas a todo lo demás. Si no les echabas comida era como si no existieras para ellas. Y el sol, aunque apretaba, lo hacía todo algo más bonito, lo mejoraba. Ya llevaba más de cinco años destinada en este lugar y he de reconocer que en el fondo me gustaba.

-Disculpe -me dijo un hombre al salir de la cafetería.

Salió y se acomodó muy cerca de mí. Buscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó tabaco y encendedor.

-¿Qué buen día hace verdad?

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HA MERECIDO LA PENA, FRANK

HA MERECIDO LA PENA, FRANK

Era de noche y estaba empezando a llover. Yo estaba mirando el semáforo, como esperando a que se pusiera en verde para cruzar. El tráfico era como siempre muy denso y todo el mundo tenía mucha prisa por llegar a algún sitio; les movía el deseo de pasar de una situación a otra, olvidándose así de disfrutar el momento presente, de vivir el ahora. El semáforo cambió varias veces de color, pero yo seguía quieto en el mismo lugar. La gente iba y venía y yo estaba en otro plano. Un coche muy grande, negro y con aspecto de limusina, se paró delante de mí. La ventanilla del chofer se bajó y apareció un hombre mayor de amable aspecto.

-Suba, por favor -me dijo.

Aunque me estaba hablando a mí, miré a ambos lados para ver a quien podría dirigirse.

-Usted, sí. Suba, por favor.

-¿Yo?

-Sí, todo está preparado. Suba, por favor -insistió amablemente.

Subí con la certeza de que era seguro, no sé por qué, pero lo sabía.

-Llegaremos en quince minutos. Póngase cómodo.

El coche se puso en marcha y avanzamos a una velocidad moderada. Yo miraba a través del cristal todo aquel mundo ahora ajeno a mí. Los escaparates decorados para llamar la atención del transeúnte; la gente caminando por la acera, algunos solitarios y otros compartiendo sus vivencias con otros; caras serias, caras divertidas, gestos, abrazos, manos entrecruzadas, miradas perdidas; observaba cómo caía la lluvia en las aceras, intentando en vano limpiarlas; los demás vehículos adelantándonos…

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Café a mediodía

Mi relato ‘Café a mediodía’ ha sido publicado en El relato del mes. Desde aquí quiero darle las gracias a Jorge por su publicación, y por su labor en general.

A partir de este 2014 me he propuesto participar una vez al mes como mínimo en revistas, blogs, concursos, pequeños talleres (Sinjania) o cualquier sitio donde pueda meter alguno de mis relatos.

El relato: Café a mediodía