Revista Valencia Escribe nº5

Ha sido publicado el número cinco de la revista Valencia Escribe. Y además de los excelentes relatos de mis compañeros y amigos, podréis encontrar también en dicha revista mi microrrelato El descenso.

 

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Desde aquí aprovecho para mandar un fuerte abrazo a todos los asistentes de la última quedada de Valencia Escribe (a la que pude asistir): Adrián Garra, José Luis Sandín, Lu Hoyos, Asun Ferri y compañía, Marisa Martinez, y Rafa Sastre. Todos ellos súper majos :-)

UN DÍA PARA CUIDARSE

UN DÍA PARA CUIDARSE

 

            Hoy es lunes por la mañana, y en este preciso momento estoy en la mesa de una de mis cafeterías favoritas para escribir. Veo y oigo cómo se acerca una pareja mayor, de unos cincuenta años, con su perro cocker jadeante, de color negro cosmos. Jadea tan fuerte que parece que se le va a escapar algo por la boca, y sin embargo no tiene mala cara. La cafetería está en la orilla del parque, de tal manera que las mesas ya están dentro de este. Los árboles, frondosos y altos, dejan que el sol ilumine buena parte de la terraza. Así, uno puede elegir entre sentarse a la sombra, o tostarse lentamente. Yo siempre elijo la segunda opción. Hace unos días ha empezado la primavera y soy un animal que se alimenta del calor. La pareja ha elegido una mesa de las soleadas y, mientras se sientan, ella conversa con el perro: «Siéntate. Siéntate anda. ¿Ves cómo estás? Ya no puedes más. Anda, quédate ahí quieto». El perro le hace caso y poco a poco deja de jadear mientras la camarera se acerca con mi capuchino descafeinado:

            ―Mira: te he dibujado un corazón. ¿A que me ha quedado bonito? Ahora te traigo las tostadas ―me dice riendo.

            ―Muchas gracias ―le contesto mientras le sonrío.

            Se va para adentro y yo miró con una sonrisa mi capuchino. Cojo la taza y me la acerco a la nariz. Me gusta cómo huele y eso que yo no soy muy aficionado al café. Mi relación con esta infusión es más bien reciente. La empecé por mi eterna busca de algo que me dé un pico extra de energía. Creo que lo he probado todo dentro del marco legal: la Coca-Cola me hincha el vientre, así que la tomo solo de vez en cuando; el té, aunque se ha convertido en una de mis pasiones, no termina de conseguirlo; y el café, es lo que mejor me va, pero lo suelo tomar descafeinado ya que sospecho que me produce pequeñas taquicardias.

            La taza está muy caliente, en contraste con lo helada que está la espuma de leche de la superficie. Saboreo el sabor dulzón del corazón de chocolate y noto como poco a poco me llega el amargor del café. Me relamo mientras espero que haga un poquito más de calor. Desde que me he sentado he estornudado unas veinticinco veces, y ya no me quedan clínex. Así que empiezo a usar servilletas. Cada vez que me sueno con una vigilo que no me esté mirando nadie.

            No me había fijado en la cantidad de gente que cruza la terraza paseando a sus mascotas. Me río mientras recuerdo a la mujer de la semana pasada: de unos cuarenta y pico años, rubia, con los pelos a lo loco, un poco rellenita, vestida con un chándal fucsia, y acompañada por un perro que me llegaría a mí a las axilas. Cogió por banda a la camarera de la cafetería contigua y empezó a dictarle. Era tremenda hablando, tanto, que entré rápidamente en la cafetería y pedí un boli a la camarera. Llené un ticket del súper entero:

―Hola, nena. ¿Cómo vas? He venido a enseñarte a mi nuevo perro. Mira por lo que hemos cambiado al perro ratonero: por un pastor alemán. Con la de años que teníamos ya al otro. Deja de olerla, tú. ¡Oye…!

― ¿Sabes lo que pasa? Es que tengo una perrita en celo.

―Anda, mira qué listo. Pues será eso. ¿Cómo te va, nena?

―Bien…

― ¡Qué suerte! Yo estoy ahora de líos con mi suegra, que no le gusta el perro, dice. Desde que se ha venido a vivir a casa no pasa un solo día sin dar el tostón. Pero oye, ¿por qué no hacemos un día una paella y hablamos con más tiempo?

―Claro…

―Nena, que sí, que podríamos hacerlo pronto. Para, tú. Mira que estás nervioso hoy. ¿Y tu hija, sigue trabajando? A la mía le han ampliado el turno, como se quiere comprar un coche. Desde las navidades está la pobre con ganas. Hoy entra a las tres, ¿sabes? ¿Y qué me han dicho, que tu chiquilla va con alguien? La mía sigue ahí con el mismo novio, y anda que no tiene peligro… Bueno, chica, que me voy. Que voy justa de tiempo. Hablamos otro día si te parece.

            No pude apuntar ni la mitad de la conversación… El olor a las tostadas encima de la mesa me trajo de vuelta al presente.

―Tus tostadas con mantequilla ―me anunció la camarera alegremente.

― ¡Muchas gracias!

Que calorcito más bueno  me está regalando ahora el sol. He parado de moquear y ya no tengo frío. Parece que el mundo va ahora un poco más despacio. Cierro los ojos, levanto un poco la cabeza y sonrío de nuevo.

Revista Valencia Escribe nº4

Mi microrrelato Muñeco de nieve ha sido publico en la revista Valencia Escribe número 4 :-)

Para mí es un placer colaborar en dicha revista, y más aún coincidir en ella con otros amigos escritores como Rafa Sastre y David Rubio (entre muchos otros).

 

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Espero que disfrutéis de su lectura ;-)

ÚLTIMO MENSAJE

ÚLTIMO MENSAJE

 

Hola, cariño. ¿Cómo estás? Sé que lo que voy a decir te será muy difícil de asimilar. Lo siento mucho. Si estás escuchando este mensaje es porque he muerto.  Lo sé, lo sé… Tenías razón, no tendría que haberme alistado. Ahora mismo me gustaría mucho estar junto a ti. Haría cualquier cosa por disfrutar una vez más de tu compañía, del olor de tu piel, de la suavidad de tus manos, de tus cariñosas palabras… Me viene la imagen de ti besándome con los ojos cerrados, con tu carita un poco chafada contra la mía; te imagino así y sonrío.

Te preguntaran si aceptas recibir una copia virtual mía. No soy yo, claro está, pero nadie notaría la diferencia. Es como hablar por teléfono con una persona querida.

Se me acaba el tiempo. Lo siento. Muchas gracias por todos estos años compartidos.

Recuerda que siempre te querré.

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CON DIOS PISÁNDOME LOS TALONES

CON DIOS PISÁNDOME LOS TALONES

 

-“Ciudadano 05072701NL preséntese en el puesto de seguridad más cercano por favor.”

-¡Mierda! ¿Tenía que ser justamente hoy?

-“Ciudadano 05072701NL preséntese en el puesto de seguridad más cercano por favor.”

-“Ciudadano 05072701NL preséntese en el puesto de seguridad más cercano por favor.”

-Hijos de puta, no se van a callar nunca.

No tenía otra opción, así que me metí por una de las antiguas bocas del metro ahora ya abandonadas. Eso, o en menos de media hora seguro que daban conmigo. No obstante, no era la primera vez que lo hacía, y por eso mismo sabía que no era muy buena idea. La última vez que me metí en la ruta del metro me las tuve que ver con un par de indigentes infectados con el mal de Ikaruso, mal que se contagia casi solo con mirarse. Iban armados con cuchillos e intentaron robarme, así que tuve que reducirlos a golpes. Después de aquel incidente estuve dos semanas en vilo. Dos semanas cagado de miedo porque es el tiempo medio que suele tardar en aflorar los síntomas de esta nueva y extraña enfermedad. Y lo malo del asunto es que si pides ayuda médica te hacen tal y como lo llaman ellos “una inspección completa de seguridad”; algo nada recomendable ya que te requisan todas las pertenencias personales que ellos piensen que son sospechosas, el hogar te lo ponen pastas arriba, y por último pasas una bonita cuarentena en compañía de otros que posiblemente sí que estén contagiados. Es por eso que nadie busca ayuda médica cuando se trata del Ikaruso.

Aparté unos cuantos tablones de madera viejos de la entrada y pasé por debajo del cartel de seguridad. El cartel tenía escrito un mensaje en letras llamativas, rojas y de un tamaño considerable:

“PELIGRO. NO PASE, CIUDADANO.
HAGA CASO OMISO Y PREPÁRESE PARA LAS CONSECUENCIAS.”

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DEJA QUE TE CUENTE

*Quería dar las gracias -especialmente- a todos mis amigos que me leen incansables una y otra vez, me señalan alguna falta en el texto (que todavía se me escapan), y pueden contribuir con alguna pequeña idea. Muchas gracias.

 

DEJA QUE TE CUENTE

Todo empezó con una llamada telefónica de mi buen amigo el Dr. Michael. Mientras me hablaba a través del teléfono, lo noté demasiado nervioso, y además, no se pronunciaba como acostumbraba. Mucho me extrañó este hecho, ya que Michael era una persona muy sosegada; hablar con él era encontrar paz y tranquilidad, siempre tenía las palabras precisas para cada persona y circunstancia; casi nada lo sacaba de su centro. Pero, como ya digo, en esa llamada no parecía él mismo.

­­­-Ven esta tarde a mi casa del pueblo ¿Vendrás, verdad? -me insistía.

Me contó que se había recluido allí para pensar. Era la primera noticia que yo tenía sobre esa casa; nunca antes la había mencionado, pero eso ya es otra historia.

-Claro, Michael. Allí estaré.

-Muchas gracias. Eres un gran amigo, Howard.

Me dio entonces las indicaciones de cómo llegar a la casa y nos despedimos con la promesa de vernos esa misma tarde.

 

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